jueves, 10 de noviembre de 2016

SINCERICIDIO: "The trump-et shall sound"


THE TRUMP-ET SHALL SOUND.



Aunque el texto de este fragmento hable de resurrección en  clásicos términos cristianos, debido al momento y circunstancia en que fue escrito.** El término "resurrección" significa volver a la vida y eso parece estar ocurriendo con el nazismo.  Por un corto espacio de tiempo pareció haberse erradicado pero hace unos años recuperó fuelle.  Primero ocurrió  de manera anecdótica a través de la ira de unos cuantos chavalotes de cabellera rapada, a continuación  proliferó entre ciertos sectores exageradamente conservadores de la sociedad  muy temerosos de todo lo diferente en base a altercados puntuales; entonces  algunos políticos lideraron dicha  ideología, estadísticamente denostada pero sorprendentemente contagiada entre quienes sufren exageradamente lo mucho o poco que piensan podrían perder ante gobiernos más o menos débilitados  por ciertos compromisos sociales defectuosamente cumplidos.
Ayer, tras la suma de crisis e intereses sectarios globales un  inculto y rico heredero norteamericano se ha convertido en adalid de dicha triste resurreción.  El precio lo pagarán justos por pecadores pillados en la intersección socioeconómica más cruel.  Parece tratarse de un hecho que sigue ocurriendo a través de una historia que  periódicamente  pone en evidencia la desmemoria de las nuevas y cada vez más acomodaticias generaciones.
Pero el señor "trampa" tan solo se trata un payaso tras el cual se parapetan los verdaderos ideólogos del capitalismo extremo de signo  republicano de Estados Unidos.  Tras diez años de partido republicano sin control mayoritario sobre ambas cámaras ahora RENACEN por sus fueros con demasiada sed. Tantos desgraciados que votaron de buena fe a un personaje craso y prepotente sufrirán las consecuencias, por no mencionar la política exterior y demás "zarandajas",  según considera el norteamericano mediocre poco interesado en  algo diferente a su propio ombligo.
Como la memoria siga fallando a la humanidad, esta lo tendrá cada vez más crudo.

Ahora parece que vendría a cuento escribir sobre  el efecto proyectivo  innato en nuestra naturaleza, origen, matriz de todas nuestras acciones, pero eso será en otro momento de "sincericidio".


Lo siguiente fue escrito un 18/12/2014

** EXPERIENCIA MISTICA de un bipolar genial – Extracto del capítulo IV de la obra de Stefan Zweig: MOMENTOS ESTELARES DE LA HUMANIDAD, Catorce miniaturas históricas.

LA RESURRECIÓN DE GEORG FRIEDRICH HÄENDEL - EL GENIO DE UNA NOCHE (extracto)

¿No le había ya arrancado una vez un milagro de la atenazadora parálisis de su cuerpo? Acaso la Providencia le depararía ahora salud y consuelo para su alma.
Colocó el quinqué cerca de aquellas hojas de papel que habían venido con la carta y que eran la causa de su obsesión. En la primera página decía: «El Mesías». ¡Ah, otro oratorio! Los últimos habían sido un fracaso. Llevado de su inquietud, volvió la hoja y comenzó a leer. Ya desde la primera palabra se conmovió: Comfort ye!, « ¡Consolaos!», palabra que era como un mágico encantamiento, como una respuesta divina a su desfallecido corazón. Y ya, apenas leídas, apenas captadas, las palabras del texto fueron oídas por Häendel como música, remontándose en sonidos, cantando, expandiéndose en el éter. ¡Oh felicidad, las puertas se habían abierto! ¡Lo que él sentía, lo que él oía, se traducía de nuevo en música!

Con temblorosas manos fue pasando las hojas del manuscrito. Se sentía subyugado, inspirado; cada palabra le cautivaba con fuerza irresistible. «Así habló el Señor.» ¿No iba esto especialmente dirigido a él solo? ¿No era la misma mano que le había derribado que le levantaba ahora del suelo? «Y Él te purificará.» Sí, esto es lo que le había sucedido a él: de pronto había quedado purificada la amargura que roía su corazón. Se veía penetrado de una luz de diáfana pureza. ¿Quién había infundido vigor a las palabras del pobre Jennens, del poeta de Gopsall, e impulsado su pluma, sino Aquel que era el único que conocía su desgracia? «Para que ofrezcan sacrificios al Señor.» Sí, de su ardiente corazón debían salir las llamas de amor que ascendieran al cielo y que fueran la respuesta amorosa al dulce llamamiento divino. A él, sólo a él se le decía: «Clama tu palabra con firmeza.»
¡Ah, clamar eso, proclamarlo con las retumbantes trompetas, con los poderosos coros, con la gran sonoridad del órgano, para que una vez más, como en el primer día de la Creación, despierte a los hombres la Palabra, el Logos, llevando la luz a todos aquellos que todavía yacían desesperados en las tinieblas del pecado! Pues verdaderamente: «Mirad, la oscuridad cubre la tierra»; no conocen todavía la feliz nueva de la Redención, que se ha operado en él, en Häendel, en aquellos momentos. Y, apenas leídas las palabras, ya surgía de lo más íntimo de su alma un clamor de agradecimiento. «Consejero admirable, Dios todopoderoso.»
Sí, quería loar, agradecer al Dios admirable, que le infundía el don de consejo, que le animaba a obrar, que devolvía la paz a su desgarrado corazón. «Luego, el Ángel del Señor se aproximó a ellos.» Si, un ángel acababa de descender a su aposento para salvarle. ¿Cómo no había de prorrumpir en una acción de gracias, cómo no cantar en público, con mil voces unidas a la propia, el «Gloria a Dios»? Häendel inclinó la cabeza sobre el manuscrito con gran excitación. Su abatimiento había desaparecido. Jamás se había sentido con tantos bríos ni experimentado con tanto ardor el sentimiento de la creación artística.
Continuamente acudían a su mente, como destellos de luz, las palabras que expresaban sus íntimos sentimientos: « ¡Regocíjate! », y como si las oyera cantar por un coro, levantó instintivamente la cabeza y sus brazos se extendieron en toda su amplitud. «Él es el verdadero Salvador.» SI, esto era lo que él quería confesar y atestiguar, como jamás mortal alguno lo expresara, para que fuera como antorcha luminosa que lo proclamara ante el mundo entero.
Sólo el que ha sufrido mucho conoce lo que es la alegría; sólo el que ha sido probado intuye el bien supremo de la gracia. A él le incumbe ahora dar fe de su resurrección ante los hombres como consecuencia de haber sufrido el dolor de la muerte moral. Cuando Händel leyó las palabras «Y él fue despreciado», acudieron a su mente pasados recuerdos, transformados en aquel momento en opresivos y oscuros sonidos. Le hablan considerado vencido, le habían enterrado en vida,le habían perseguido con la burla. «Y los que le ven, se ríen de Él.» Sí, también de él se rieron. «Y no hubo nadie que consolara al atribulado.»



Nadie le había ayudado a él tampoco, nadie le había auxiliado en su desfallecimiento. Pero, ¡oh maravillosa fuerza!, él había confiado en Dios, y he aquí que el Señor no permitía que yaciera en la tumba. «Pero Tú no abandonaste su alma en los infiernos.» No, Dios no le había dejado en la tumba de su desconcierto ni en el infierno de su desánimo, aprisionada y desvirtuada su alma. No. Dios le había llamado una vez más para que transmitiera a los hombres aquel mensaje de júbilo: «Levantad vuestras cabezas.» ¡Oh, cómo se reflejaban en sonidos estas palabras, el gran Mandato de la Anunciación!
Y de pronto se estremeció, pues allí, escrito por la propia mano de Jennens, se leía: «El Señor dio la palabra.» Se le paró la respiración. Allí estaba la verdad expresada casualmente por labios humanos: el Señor le había enviado su Palabra desde lo alto. De Él venía la palabra, de Él el sonido, de Élla gracia. A Él tenía que volver el músico, debía remontarse hasta Él impulsado por su corazón. Aquel ansia creadora no tenía más objeto que el de entonar un cántico de alabanza.
Llegar a comprender, a retener y elevar la Palabra, divulgarla y propagarla hasta que se hiciera amplia como el mundo, hasta que abarcara todo el júbilo de la existencia,hasta que fuera algo grande, digno del Dios que la había otorgado.
Transformar en eternidad lo que de mortal y transitorio había en la palabra valiéndose de la belleza y de la exaltación. Y, ¡oh prodigio!, allí figuraba escrita, allí sonaba, infinitamente repetible y transformable, la palabra: « ¡Aleluya, aleluya, aleluya!» Sí, habla que incluir en ella todas las voces humanas, las claras y las oscuras, las viriles de los hombres y las suaves de las mujeres, ligarlas y superarlas, en rítmicos coros, ascendiendo y descendiendo como en simbólica escala de Jacob de los sonidos, aplacarías con los dulces acordes de los violines, enardecerías con las notas más vigorosas de los metales, hacerlas potentísimas con la grandiosidad del órgano, para que se expandieran por el espacio: « ¡Aleluya, aleluya, aleluya! » ¡Sí, había que extraer de esta palabra la expresión de agradecimiento que llegara hasta el Creador del universo!
Händel se encontraba en un estado tal de místico fervor, que las lágrimas empañaban sus ojos. Faltaba todavía leer la tercera parte del oratorio. Pero después de este «¡Aleluya, aleluya, aleluya! » no acertaba a seguir. Las melodías que estas palabras le habían inspirado se iban desarrollando en su cerebro y embargaban todo su ser, quemándole como fuego líquido que ansiaba seguir fluyendo hasta desbordarse. ¡Cómo le atenazaba y conmovía en su empeño de salir de su íntima prisión, en su impetuoso anhelo de volver a alcanzar las divinas alturas! Se apresuró a coger la pluma y escribió unas notas.
No podía detener aquel impulso interior. Como barco con las velas azotadas por la borrasca lo arrastraba sin tregua. A su alrededor imperaba la noche. En silencio se cernía la húmeda oscuridad sobre Londres. Pero en su alma entraba a raudales la luz, e inaudible llenaba la estancia la música del Cosmos. A la mañana siguiente, cuando su criado entró cautelosamente en su habitación, Händel seguía escribiendo todavía en su mesa de trabajo.
Cuando Cristóbal Schmidt, su colaborador, le preguntó tímidamente si podía ayudarle copiando, el gran músico lanzó un poco amistoso gruñido. En adelante nadie se atrevió a molestarle. Durante tres semanas consecutivas no salió siquiera de la habitación ni interrumpió su labor, y cuando le entraban la comida, cogía apresuradamente con la mano izquierda unos trozos de pan, mientras con la derecha seguía escribiendo ininterrumpidamente. Cuando se levantaba para dar unos paseos por el cuarto, canturreando en voz alta y llevando el compás con la mano, sus ojos tenían una expresión lejana. Si le dirigían la palabra, se sobresaltaba, y su respuesta era vaga y confusa.
Mientras tanto, el sirviente pasaba días difíciles. Los acreedores acudían a cobrar sus recibos, venían los cantantes solicitando una cantata para un festival cualquiera, se presentaban mensajeros con el encargo de invitar a Händel al palacio real. Pero a todos les tenía que despedir el pobre hombre, pues no se atrevía a decir nada al creador infatigable, viéndose obligado, además, a soportar los exabruptos de su incontenible ira.
Para Jorge Federico Händel, durante aquel período de tres semanas, los días y las horas no contaban, no distinguía el día de la noche, vivía totalmente sumido en aquella esfera en la que reinaban en supremacía el ritmo y el tono, entregado por completo al raudal de notas que de él fluían cada vez con mayor furia, más impetuoso a medida que la obra tocaba a su fin. Aprisionado en sí mismo, media, con pasos rítmicos, ajustados a un compás, el calabozo de su aposento. Cantaba, pulsaba unas notas en el clavicordio y luego se ponía a escribir de nuevo hasta que sus calenturientas manos y sus extenuados dedos no podían más. Jamás había sentido tan poderosamente el impulso creador; jamás había vivido ni sufrido así, entregado a su música.
Por fin, al cabo de tres semanas escasas, hecho verdaderamente inconcebible, el 14 de septiembre terminó su obra. La palabra se había hecho sonido. Florecía de un modo maravilloso lo que hasta entonces había sido seca y árida palabrería. Se había cumplido el milagro de la voluntad en su alma ardiente, del mismo modo que se realizó antes en su cuerpo inválido: el milagro de una resurrección.
Ya estaba todo escrito, creado, cifrado en melodía y acompañamiento... Sólo faltaba una palabra, la última de la obra: «¡Amén!» Pero este «¡amén!», estas dos sílabas escuetas y breves, fueron tratadas por Häendel de tal modo que logró hacer de ellas una asombrosa escala de tonos que había de elevarse hasta el cielo. Una voz las lanzaba y otras la recogían en cambiante coro. Alargó las dos sílabas y las desunió muchas veces aún. Como el hálito de Dios, la inspiración de Häendel resonaba en la palabra final de la maravillosa plegaria, que de este modo había alcanzado una plenitud y amplitud grandiosas. Esta palabra, sola, concluyente, no le dejaba respiro.
En espléndida fuga, compuso este "¡amén!" a base de la primera vocal, la sonora «a», el tono prístino, hasta formar con ella una sonora catedral, tratando de llegar al cielo con su más afilado capitel, elevándose cada vez más, para descender nuevamente y surgir otra vez, hasta quedar recogida al fin por el fragor del órgano, por el ímpetu de los coros, llenando todas las esferas, hasta producir la impresión de que en aquel canto de gracias intervenían también los ángeles. El gran músico se sentía extenuado; la pluma se le cayó de la mano.
Ya no sabía dónde se hallaba. No veía ni oía; sólo sentía una fatiga intensísima. Tenía que apoyarse en la pared. Las fuerzas le abandonaban, su alma desfallecía, se tambaleaba su cuerpo, embotados estaban sus sentidos. Andando a tientas, como un ciego, se desplomó sobre el lecho y se durmió rendido, sin energías, exhausto... Durante aquella mañana, el criado había abierto cautelosamente por tres veces la puerta de la habitación. Pero el maestro dormía, inmóvil, profundamente. Su pálido rostro parecía tallado en piedra. Al mediodía, por cuarta vez, intentó el sirviente despertarlo. Tosió para atraer su atención,llamó a la puerta con insistencia... Pero nada podía sacarle de aquel sueño tan profundo.

Schmidt acudió por la tarde en su auxilio, pero Häendel continuaba sumido en aquella especie de sopor. Schmidt se inclinó sobre el durmiente, que yacía como un héroe muerto en el campo de batalla una vez lograda la victoria. Pero ni Cristóbal Schmidt ni el criado conocían la triunfal hazaña y estaban verdaderamente asustados al verle tan postrado e inmóvil; temían que de nuevo le hubiese repetido un ataque como el anterior. Y al comprobar que eran inútiles los gritos y los zarandeos para sacarle de aquel estado (hacía diecisiete horas que estaba inerte y como sin sentido), corrió Cristóbal otra vez en busca del, médico.
Pero no dio con él en seguida, ya que el doctor Jenkins, aprovechando la placidez de la tarde, se había ido a pescar a orillas del Támesis. Cuando por fin lo encontraron, la interrupción de su entretenimiento le contrarió, pero al enterarse de que se trataba de Häendel guardó todos sus útiles de pesca, fue a buscar —lo cual supuso una pérdida de tiempo— su equipo quirúrgico para hacer, si fuese preciso, la consabida sangría al enfermo, y finalmente se dirigió, en su cochecito tirado por un pony, hacia Brook Street.
Cuando llegaron, les salió al encuentro el criado agitando los brazos jubilosamente. —¡Ha resucitado! —exclamó loco de alegría—. Ahora está comiendo como una fiera. Se ha tragado medio jamón de Yorkshire en un santiamén; le he servido cuatro pintas de cerveza y todavía pide más. Y, en efecto, Händel estaba sentado ante la bien provista mesa, como un Gargantúa, y si había dormido un día y una noche para recuperar de un tirón las tres semanas que pasó en vela, ahora comía y bebía con todo el apetito de su gigantesco cuerpo, como si de una sola vez quisiera resarcirse del esfuerzo concedido a la intensa labor de tantos días.

Tan pronto como vio al médico, empezó a reír con una risa que paulatinamente fue haciéndose enorme, estruendosa, hiperbólica, por así decirlo. Schmidt recordó que durante las pasadas semanas ni siquiera había visto una sonrisa en los labios de Händel y si sólo concentración y enojo. Ahora estallaba la reprimida alegría propia de su naturaleza, retumbando como las olas al estrellarse contra las rocas. Jamás había reído Händel de un modo tan elemental como ahora, al ver al doctor acudir en su auxilio precisamente en los momentos en que se sabía curado y sano como nunca y en que el ansia de vivir le embargaba el ánimo como una verdadera embriaguez. Levantó el jarro de cerveza a modo de saludo hacia el recién llegado visitante, severamente vestido de negro.
—¡Lléveme el diablo! —exclamó asombrado el doctor Jenkins—. ¿Qué os ha sucedido? ¿Qué especie de elixir habéis bebido? ¡Si estáis derrochando salud!
Häendel le miró sin dejar de reír, con los ojos brillantes. Luego fue recuperando poco a poco la seriedad. Se levantó lentamente y se acercó al clavicordio. Sonriendo de una manera especial empezó suavísimamente a tocar la melodía del recitativo: «Atended, os contaré un Misterio. » Eran las palabras de El Mesías y habían sido comenzadas a pronunciar medio en broma.
Pero apenas había puesto los dedos en el teclado, se sintió arrebatado por la inspiración. Tocando, olvidose de los demás e incluso de sí mismo. La corriente musical le cautivó de tal manera que quedó como sumergido en su obra. Cantaba e iba tocando la parte de losúltimos coros, que había compuesto como en un sueño; en cambio, ahora los oía despierto por primera vez. «¡Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón?», se preguntaba en lo más profundo de su ser, penetrado por el ardor de la vida, e iba elevando cada vez más la voz. Reproducía incluso el coro, las voces de júbilo y exaltación, y así continuó cantando y tocando hasta que llegó al «¡Amén! » La estancia parecía retumbar al conjuro de tanto sonido, tan impetuosamente vertía el maestro todo su vigor musical en aquella parte de la obra.
El doctor Jenkins estaba aturdido. Y cuando al fin Häendel se levantó, el doctor dijo, perplejo y admirado, lo primero que se le ocurrió:
—Jamás oí cosa semejante, amigo mío. ¡Parece que tengáis el demonio en el cuerpo!

A CONSIDERAR: George Frideric HandelHalleAlemania, 23 de febrero de 1685 – Londres14 de abril de 1759) fue un compositor alemán, posteriormente nacionalizado británico, considerado una de las cumbres del Barroco y uno de los más influyentes compositores de la música occidental y universal.1 En la historia de la música, es el primer compositor moderno2 en haber adaptado y enfocado su música para satisfacer los gustos y necesidades del público,2 en vez de los de la nobleza y de los mecenas, como era habitual.
http://es.wikipedia.org/wiki/Georg_Friedrich_H%C3%A4ndel
Los ingresos que generó esta obra serían dedicados a obras de caridad.  

10 comentarios:

  1. Otra completísima y sesuda entrada marca de la casa... :)
    Besos y salud

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    1. GENIN. Gracias hermoso, pero estoy de "la marca de la casa" hasta las mismísimas, pero se encuentra adherida a la víscera y estoy tratando por todos los medios de aliviar su peso. De todos modos conozco bien al bicho que me habita y se que hasta que no suelte lo que tiene in mente no parará. Estoy intentando "convencerme/le" para que lo escriba a modo de terapia relajante, como siempre hizo, pero en privadísimo, y tan solo he llegado a cierto acuerdo estableciendo límites y condiciones. ¡Que pena tan gorda!

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  2. Al hilo de lo que comentabas al principio: no se trata de casos aislados (Trump, Lepen, el "brexit"...)Estamos ciegos. El sistema se ha cargado el sistema y no nos hemos dado cuenta. Y como bien señalas, "la memoria sigue fallando a la humanidad". Lo tenemos crudo.
    Un saludo.

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    1. CAYEYANO. "¿Ciegos?" Muy diplomático me parece. Tras haberme enfurecido al respecto solo me queda la pena personal y colectiva. ¿Tendrá que ver con el paso de las décadas ante una mirada infantil?

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  3. ...y como ha sonado!!!. Sinceramente, me paro a pensar y veo que si mis 80 años vividos han servido para ver esto, creo que he perdido lastimosamente el tiempo. Tanto yo, como la humanidad.
    No aprenderemos nunca.
    Un beso.

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    1. JUAN. Venga, seamos positivos, ea, que también es una opción y si la tenemos disponible mejor echar mano de ella cuando resulta necesaria.
      No, no me parece que hayamos perdido el tiempo lastimosamente, NO. Hemos trenzado una vida, la que nos correspondía en la cruceta espacio temporal de nuestra generación, tal y como lo hicieron nuestros ancestros y lo harán nuestros descendientes. Las formas siempre cambiarán pero los fondos permanecen, tanto los oscuros como los claros. Lo que ocurre es que la evolución quizá marche a un ritmo más lento del que desearíamos. Sobre esto último se podría escribir folios.
      Puede que con el paso del tiempo y la experiencia vital nos hayamos convertido sin darnos cuenta en una especie de lechuzas, o quizás tan solo lechuguinos, hemos tenido tiempo para volar alto, medio y para planear, deseamos que los mochuelos se desarrollen para hacerlo mejor que nosotros y si no lo hacen nos sentimos frustrados. En fin, que enhorabuena por tus creativos ochenta, ¡qué narices!.

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  4. El detalle es que el establisment se auto-alimenta...Matrix (la película) nos lo mostraba...Nada escapa a ello. Si se le sale algo del carril, Trump o el Brexit, lo recompone, sin despeinarse...Un ejemplo: Grecia...Ni siquiera les dejo que se cayeran solo...los empujaron. Y múltiples ejemplo. En el caso del Brexit, ya ponen correctivos...Y se irán de cara a la galería...Nada más

    Besote guapa

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  5. Esto pasa cuando el mensaje es mimado en la forma, pero carece de fondo. Cuando los lideres (si los hubiera) se vuelven cobardes y mezquinos y están más preocupados por el titular, que por lo que hacen. Pero la democracia es así, no se puede ser demócrata solo para cuando nos viene bien.
    Solo hay que ver los temas de debate en España y las chorradas a las que se dedican ingentes esfuerzos, aqui llegará la extrema derecha.
    La tercera ley de Newton establece que siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, este ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección pero en sentido opuesto sobre el primero; accion y reaccion, ya lo dijo ese tal Newton que sabia mucho de esas cosas.
    Un saludo

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    1. TEMUJIN. Cierto: Acción y reacción, pero entre ambas se encuentran los "tempos" de cada nación, comunidad y/o persona . Muchas veces no nos da tiempo de encontrar "el equilibrio" porque nos encontramos entretenidos con otras cuestiones que se nos antojan de vital importancia y absolutamente necesarias para mantener el tipo, que se supone algo básico para seguir vivos en esta gran cárcel que llamamos vida y que algunos amamos hasta la saciedad y más.

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